La Olimpiada Nacional, un patrimonio simbólico del Estado a merced del poder

Comparte el deporte

Por Marcos Carmona

En 2025, Rommel Pacheco, al frente de la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte (CONADE), anunció el regreso de la Olimpiada Nacional, después de que durante varios años el evento llevara el nombre de Nacionales CONADE.

La decisión se presentó como una recuperación de la identidad histórica de la competencia.

Pero la historia duró poco.

Para 2027, la propia CONADE volverá a modificar el nombre. Ahora será ON: Orgullo Nacional.

El cambio puede parecer un asunto de imagen, pero detrás hay una discusión más profunda: ¿quién decide sobre la identidad de una competencia que durante décadas fue construida por generaciones de atletas mexicanos?

La Olimpiada Nacional no es solamente una marca institucional.

Es el escenario donde miles de deportistas comenzaron sus carreras. Es la primera medalla, el primer viaje, la primera competencia nacional y, para muchos, el punto de partida hacia campeonatos mundiales, Juegos Panamericanos y Juegos Olímpicos.

Su valor no lo construyó una administración.

Lo construyeron los atletas, entrenadores, familias, federaciones e institutos estatales del deporte que durante años hicieron de la competencia una tradición.

Por eso llama la atención que en apenas dos años su identidad haya pasado de Nacionales CONADE a Olimpiada Nacional y ahora a ON: Orgullo Nacional.

La propia explicación de Pacheco es que ON permite conservar las siglas de Olimpiada Nacional y resignificarlas como Orgullo Nacional.

Pero esa decisión también deja una pregunta sobre la mesa:

Si se puede cambiar el nombre de una competencia histórica apenas un año después de haber recuperado su denominación original, ¿qué tan permanente es realmente su identidad?

El problema no es que “Orgullo Nacional” sea un mal concepto.

El problema es que la identidad del principal semillero deportivo del país parece quedar sujeta a las decisiones de quienes ocupan temporalmente la dirección del deporte nacional.

Y ahí está la diferencia entre administrar una competencia y apropiarse de su identidad.

CONADE puede cambiar su estrategia, su imagen y sus campañas.

Los gobiernos pueden cambiar.

Los funcionarios también.

Pero el atleta que ganó una medalla en la Olimpiada Nacional seguirá siendo campeón de aquella Olimpiada Nacional, aunque mañana tenga otro nombre.

La memoria no cambia por decreto.

Por eso la discusión sobre ON: Orgullo Nacional debería ir más allá del logotipo y las siglas.

La pregunta de fondo es si México está construyendo una tradición deportiva que sobreviva a sus administraciones o si cada gobierno seguirá dejando su propia marca sobre una competencia que, con el paso de los años, ya pertenece mucho más a los atletas que a quienes la administran.

La Olimpiada Nacional es patrimonio simbólico del deporte mexicano. Y ese patrimonio no debería estar a merced del poder.

Autor
Publicado
1 hora atrás
Categorías
Coberturas TMF
Comentarios
No Hay Comentarios